Parece que fué hace años, y en efecto, transcurrió en gran parte durante el año pasado, el viajecito que nos pegamos Raquel y el que suscribe a territorio Astur.
Voy a comenzar por el último día, aunque no sea muy ortodoxo, pero es que ahora mismo, mientras escribo, con el hambre que tengo, mi estómago no deja de segregar jugos gástricos y mi mente no deja de recordar la comilona que nos pegamos en el restaurante Tierra Astur-Águila de Oviedo, un lugar espectacular y muy recomendable. Mereció la pena la espera, y menos mal que hicimos caso al camarero que nos sugirió que no pidiésemos más platos de momento, porque con la parrillada de verduras (exquisita), las setas al cabrales y las dos botellas de sidra que nos "metimos pal cuerpo", a la salida me sentía como Obelix. Ufffff!!!!
Antes habíamos pasado la mañana visitando la Cueva del Sopláo con sus impresionantes galerías y paisajes de estalactitas y estalagmitas; primero en el trenecito, y luego recorriendo a pié tras una guía la parte abierta al público.
Después del festín del mediodía (bueno, en realidad nos levantamos de la mesa casi a las 6 de la tarde), hubo que agarrarse al volante y enfrentarse a la metereología adversa (fué el único día que tuvimos mal tiempo) en forma de lluvia e intensa niebla, para llegar a casa con los cuerpos cansados, sí, pero la mente despejada y llenos de energía para intentar cumplir con los propósitos del nuevo año.
Siguiendo con el hilo de la entrada de ayer (como veis, de momento estoy cumpliendo) debo añadir a mi lista de propósitos uno muy importante que hoy alguien se ha encargado de recordarme: Demostrar a la gente que quieres, que los quieres. Osea, esforzarse un poquito en cultivar esos pequeños gestos y detalles, que les demuestran a las personas que nos importan, lo que sentimos por ellas.
Y nada más enraizarse esta idea debajo de la abundante cabellera que por ahora luzco, se me enganchó esta cancioncilla que descubrí en una peli protagonizada por el simpático Hugh Grant, basada en una novela de Nick Hornby (otra vez) “About a boy”.
Badly Bad Brown “minor incident”.
También van apareciendo algunos de los vuestros en los comentarios a la entrada de ayer; la mayoría compartidos por todos nosotros. Me quedo, sin embargo, con el escueto comentario de Atalanta: “Hacer las cosas bién”. Ni más ni menos…
Tamaña reflexión, trajo a mi memoria inmediatamente uno de los libros que más me gustaron de los que leí el año pasado, escrito por mi admirado tocayo Manu Leguineche con el título “El precio del paraíso”, dedicado a la figura de Antonio García Barón, un anarquista superviviente a la Guerra Civil española, a los campos de concentración alemanes y a la vida en plena jungla del Amazonas donde fundó su propia república, la República Independiente del Quiquibey, en la que no se utiliza el dinero y donde vive conforme a su manera de pensar; tengo en borrador una entrada sobre este relato apasionante que no acabo de completar, pero lo volveré a intentar. A lo que íba… El protagonista usaba a menudo una frase parecida, a la hora de explicar las decisiones que fue tomando en su vida, y que no fueron casi nunca fáciles. Un idealista sin pelos en la lengua y con una historia vital que daría para llenar una biblioteca. Otra de sus expresiones que también me gustó fué: "Donde hay dinero, siempre hay un cura".
Se me antoja que casi todos, en mayor o menor medida, nos proponemos al comenzar un nuevo año, la consecución de determinado objetivo, la superación de cierto reto, el abandono de un mal hábito o el establecimiento del alguno “bueno”; y yo no voy a ser menos. No obstante, aquí mismo confieso que la perseverancia nunca fue una de mis virtudes, y si uno de mis muchos defectos.
Pongámonos pués a ello… Y qué mejor manera de empezar, que hacerlo escribiendo, pues será éste uno de mis propósitos para este curso. Escribir siempre me ha hecho bién, me gusta zambullirme en la perfecta uniformidad de una página en blanco, y marcar sus calles. Unas veces la sensación es de sincronía y deslizamiento; otras de lucha. Unas veces el resultado será más o menos satisfactorio, otras sin embargo, no merecerá la sesión quedar registrada. Símplemente escribir, sin mayores pretensiones, ni por mi parte, ni –espero- por la vuestra a la hora de leerme. Incluyo en este primer reto, la intención de participar más activamente en vuestros blogs, puesto que aunque sigo leyéndoos a diario, reconozco que ya no me aplico a mí mismo, lo que se afirma en la cabecera de éste en el que estáis.
En segundo lugar, voy a esforzarme por aumentar lo que alguno calificó este verano como “descacharrantes” cifras de entreno, y para ello, intentaré incidir en aquellos aspectos más aburridos pero cuyos efectos deberían permitir a un viejuno como yo, con poco tiempo disponible, poder competir más en 2010, y sobre todo, disfrutar haciéndolo; intentar acudir a las citas, ya no con la incertidumbre de si la mecánica aguantará, sino con la intención de que ésta rinda al máximo posible. Abdominales, algo de pesas, muchos estiramientos…
Con el número tres, y metido ya de lleno en la crisis de los casi 40, voy a intentar una vez más conseguir un empléo no más digno, pero sí más cómodo, que me permita vivir algo más desahogado, y sobre todo, tener más tiempo libre para mis “pequeñas cosas” – que diría David-. Será cuestión de rentabilizar el poco tiempo libre que tengo, para conseguir llegar a ser funcionario.
Podría seguir enumerando buenos propósitos, pero seamos realistas, la mayoría se quedarían en eso, propósitos. Además, me espera un confortable –aunque frío y vacío- colchón al que he echado mucho de menos últimamente, y en el que espero poder dormir, pon fín, seis o siete horas de un tirón.
Os dejo aquí la tribuna abierta, para que emulando a Rob Fleming y sus compinches de “Championship Vynil”, expongáis vuestra lista con los cinco mejores propósitos que os hayáis marcado para este 2010.
No soy un tipo nada navideño, casi diría que me pone de mal humor. Me aprovecho, como todos, de los días festivos, de las pantagruélicas cenas de la "Mamma", de los reencuentros con los amiguetes que casi no ves el resto del año, disfruto de la nieve cuando llega, sufro los sabañones de mi mano izquierda como todos los inviernos, agradezco los regalitos que me llegan y me lo paso como un niño ideando cositas que regalar.
Para mí, el cambio de año en el calendario, supone poner a cero el contador de lo vivido en los 365 días anteriores. Como cuando después de una salida con la bici, descargo el garmin y echo un vistazo a la velocidad media, las pulsaciones, el desnivel acumulado, las sensaciones experimentadas... Y en la siguiente, me propongo hacer más rápida esa subida dura, trazar de forma más valiente en la bajada y disfrutar de las curvas, sufrir en los llanos y aguantar en posición aero con el plato puesto para mantener la velocidad.
Este año que acaba, ha sido el mejor de los últimos años; empezó mal, muy mal: lesionado y sólo , al poco además perdí a un ser muy querido. Lo acabo lesionado otra vez, pero con el IM de Niza en el bolsillo y en muy buena compañía.
Muchas gracias a todos los que habéis contribuído a que este año, mezclando todo lo bueno con todo lo malo que ha tenido, me deje un regustillo muy dulce en el paladar. A mi familia que tanta paciencia tiene conmigo, a los Jaramugos que tanto echo de menos y con quien me gustaría estar más a menudo, y a los que os pasáis por aquí de vez en cuando a visitarme.
Permitidme además, que haga algunas menciones específicas:
En primer lugar, gracias a Annabel y Jordi de Ibikemechanic, por enviarme un bubbelhead navideño. Os deséo mucha suerte en vuestra nueva aventura.
Y en segundo, un abrazo muy fuerte para David, por acordarse de mí y casi convertirme en millonario.
Por último, a esa personilla que es la gran culpable de que 2009 acabe tan bién. Como agradecimiento, le he preparado un regalito, con la ayuda indispensable del maestro Unai, que le daré esta noche. Gracias Raquel.
Hay mañanas en las que te levantas con la sensación de ser el protagonista de "EL día de la marmota", aquella peli en la que Bill Murray es víctima de un bucle temporal y cada mañana no es sino una vuelta al principio del día anterior.
Así, repites los mismos gestos de todos los días (o esa es la sensación): Suena el despertador, se levanta uno con más o menos ganas, desayuno, ducha, ropa, llaves,etc,etc.... El mismo trayecto a la oficina de todos los días; una vez allí, las mismas caras, las mismas taréas y hábitos; llega el mediodía, y vuelta a casa; sin pausa se engulle la dosis energética más importante del día, aprovechando algunos minutejos sueltos para echarle un vistazo rápido a alguna revista, o leer unas líneas del libro de turno, o hacer una llamadita para escuchar la voz de esa personita en la que tanto pensamos...
Y vuelta a la oficina, donde a duras pensas se consigue superar la sensación de estar en el lugar equivocado (el que suscribe preferiría estar dándole patadas a los pedales aprovechando que ha salido el sol, por ejemplo). Por fín se acaba la jornada, y tratamos de apurar lo poco que queda de luz afuera, y de energías por dentro, alargando los minutos de las horas. La tarde parece prolongarse una prórroga tras otra , hasta que echando de menos el sol, miramos al cielo y nos darnos damos cuenta de que ya hace largo rato que la luna campa a sus anchas.
¡Qué entrada más "alegre"! Me apunta en el oído la personita a la que antes me refería.
No se apuren, amigos blogueros, que por una vez y sin que sirva de precedente, el desenlace será positivo, porque...
¡Qué suerte tengo coño!Algunos días me despierto y lo primero que noto es el calor que desprende otro cuerpo a mi lado, y el contacto de su piel con la mía, y me levanto con más o menos ganas, sí, pero para empezar ya recibo un beso y una frase cariñosa. Y me tomo un café rapidito, pero qué rico que está; y me voy "pitando" a la ofi, pero lo hago en compañía de la Zeuss, dejando atrás a "sardineros" (por lo de ir encerrado entre cuatro latas) en los semáforos y entre medias además nos paramos a pegarles unos puñetazos al agua en la piscina (y qué bien sienta llegar al tajo con la sensación de relax y energía que te queda después de hacerlo).
En la oficina nos esperan las mismas rutinas y hábitos, claro, como leer lo que comenta la pandilla humanistri blogueril, o recibir algún emilio de amig@s de los que hace tiempo no tenías noticias, y a media mañana resulta que el cielo se abre, y por un ratito sale un sol timidillo pero que deslumbra como sólo el sol de otoño lo hace, así que aprovechamos para, en lugar de tomar un café en el bar, dar un paseíllo ,empaparse de silencio y llenarse los ojos de colores.
Suena la campana de las 13:30 que anuncia que somos libres durante un par de horas, y al llegar a casa te encuentras con la sorpresa de que vas a tener compañía, así que te llenas la tripa de risas, y no tienes tiempo para hojear revistas pero tampoco necesitas el teléfono para escuchar voces queridas, porque están en el menú.
Y digiriendo aún tan suculento atracón, se pasa la jornada de la tarde entre ensoñaciones y tímídas sonrisas de esas que man levemente a los labios.
Llega el final de la jornada laboral, y comienza el sprint hacia el final del día, aunque resulta ser un sprint inverso, pues se empieza a con todo el desarrollo metido, para ir soltando las piernas poco a poco, hasta llegar relajado a la hora del sofá. Hay tiempo para alguna charla, puede que alguna peli o serie, un poco de lectura y mucho, mucho disfrutar "de" y "con" lo/los que te rodéa-n.
Disfruten ustedes de los días grises, de los bucles temporales, de los hábitos cotidianos, de las sorpresas si las hubiere, de los minutos de las horas, de los "gustillos y los gustazos", de los ratos de sofá y de todo lo que les depare la jornada.